Hace unas semanas, en una reunión donde se hablaba de uno de esos temas que mantienen la iglesia distraída, escuché el siguiente comentario:
Algunos hermanos andan mostrando un informe sacado de Internet que no tiene ni siquiera firma, le dije a uno de ellos, vaya a Internet y ponga la palabra pornografía, a ver si podrá alegar que por el hecho que este en Internet sea verdad.
Gracias a Dios no se refería a las cosas que publico este lugar, pues me hubiera quedado sin la posibilidad de opinar. Entiendo el sentir de este hermano, pues es el mismo argumento de casi todos los líderes pertenecientes a las generaciones anteriores, personas acostumbradas a medios de comunicación tradicionales que no comprenden el potencial de las nuevas tecnologías. Considero que este comentario viene en la misma línea que manejaba Yiye Ávila hace años al intentar resolver “el problema” de la televisión, lo solucionó por la vía rápida: ¡El televisor es la cajita del diablo! Con este mismo patrón podríamos decir que todo lo que viene en papel es malo, hasta la Biblia, solo porque la revista Play Boy también se imprime.
Ya es tiempo de que empiecen a entender nuestra generación y los medios por los cuales nos comunicaremos. Satanizar los nuevos medios de comunicación no es conveniente para nuestra causa, pues es una de las herramientas más poderosas y quizás la que marque la diferencia entre nosotros y ellos. En una de las enseñanzas que prediqué en días pasados hablaba de Una gran causa para una gran generación, mi argumento principal era que nosotros podemos lograr más que cualquier otra generación de creyentes, pues tenemos las herramientas para hacerlo, entre ellas, Internet. Les dejo esta expresión que utilicé en el mensaje:
Si la iglesia primitiva hubiera tenido tantos celulares como nosotros no solo hubiera trastornado el imperio romano, sino no el mundo entero, y si Pablo o Pedro hubieran tenido acceso a Internet, o por lo menos Messenger, ya el infierno lo hubieran cerrado por falta de quórum.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.