Ayer tuve una conversación bastante interesante con un hermano sobre las reuniones de la iglesia en el siglo primero y las que nosotros desarrollamos actualmente. Él opinaba que las reuniones tipo grupos pequeños o células son peligrosas porque facilitan la penetración de errores doctrinales y con ello la división de la iglesia, yo todo lo contrario.
No soy muy partidario de los modelos de iglesia que aparecen como fruto de estudios estadísticos, pero lo que dicen los números es que la congregación promedio tiene un tope de crecimiento cercano a los 200 miembros, después de alcanzado ese nivel se detienen. Además, casi todas las iglesias que están creciendo sobre ese nivel tienen alguna estructura de grupos pequeños. Entiendo que el éxito de una congregación no está en su número de miembros, hay iglesias muy grandes que son muy débiles e iglesias muy pequeñas pero poderosas. Prefiero medir el poder de una iglesia en su capacidad de reproducción.
De las iglesias del Nuevo Testamento la que más admiro es la iglesia de Antioquia, superaba a todas las demás con su celo misionero. Esta fue la iglesia que envió a Pablo con su eficiente estrategia para reproducir la iglesia. En el libro Sembremos iglesias saludables mencionan muchos casos reales de iglesias que han desarrollado un excelente trabajo alcanzando nuevos creyentes implementando estrategias de reproducción. El principio es el siguiente: una nueva iglesia llega rápidamente de 0 a 30 miembros, luego van menguando en su velocidad de crecimiento, entonces, la mejor manera de cumplir la gran comisión es iniciar nuevas iglesias. Si una congregación alcanza con el modelo tradicional de ensanchar paredes (suma) 200 miembros en 20 años, hubiera podido alcanza con la estrategia de reproducción (multiplicación) de la iglesia primitiva cerca de 1000.
En el siglo primero sucedía algo interesante, las iglesias tenían una limitante natural que fomentaba la multiplicación: las casas. Una casa común del siglo primero podía albergar unas 20 personas, cuando la iglesia crecía era necesario iniciar nuevas iglesias. Esta limitante mantenía las iglesias creciendo constantemente por medio de la multiplicación. En nuestros tiempos tenemos los recursos para romper las paredes anualmente, además, una iglesia grande nos sirve de trofeo, esto nos hace rechazar el principio de la multiplicación.
Aparte del crecimiento, las iglesias en el siglo primero se beneficiaron del calor de las reuniones pequeñas. Aunque hoy podemos sentirnos orgullosos de poder celebrar reuniones de adoración multitudinarias, nuestra realidad es que la gran mayoría de los miembros de una iglesia son simples espectadores que asisten el domingo a recibir el programa que tenemos preparado de antemano para ellos. Nuestras iglesias se parecen más a un McDonalds que a la familia de Dios. En una reunión pequeña he informal todos tienen que poner de su parte, en una multitud tres líderes súper estrella animan al publico espectador.
No soy tan radical como los hermanos del movimiento de iglesias en las casas, pero creo que tenemos que buscar la manera de compensar nuestra debilidad, un buen recurso para lograrlo son los grupos pequeños.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
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Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.