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Gigantes, pedradas y batallas

Rafael Pérez 20 September 2005 : 1:22 am 780 Lecturas

GiganteUna de las cosas que más frustración me creaba era compartir mi fe con otra persona y ver como cada día se alejaba más de mi objetivo: ganarla, ponerla en mi lista. No es que se haya apagado en mí la pasión de hablar de Cristo, sino que ahora lo veo diferente.

La forma tradicional de hacer evangelismo es una batalla campal contra los inconversos. Nosotros, los santos, usamos contra ellos la espada de la palabra y lanzamos versículos como si fueran piedras. Esperamos ansiosamente el día en que no nos falle la puntería y alcancemos a pegar en su cabeza para ver como caen tendidos ante nuestros pies.

Cuando el gigante cae el pueblo celebra. No hay gozo más grande para nosotros que ver un pecador arrepentirse, no se trata de ver el milagro de la gracia cubriendo al pecador, ¡Es un asunto personal entre nosotros y ellos! Vencimos, ganamos la batalla, el pecador tuvo que reconocer que la razón estaba del lado nuestro.

Aunque es muy emocionante hablar de gigantes, pedradas y batallas, no creo que este sea el plan de Dios para extender el reino. Aunque a nosotros nos gusten, para Cristo no son tan emocionantes nuestros puntos. He buscado en mi Nuevo Testamento cuidadosamente y no he encontrado ni un versículo que me responsabilice por las personas que no he vencido, digo, ganado. Esto me ha traído descanso y esperanza.

Confieso que muchas veces me sentí tentando a salir de un lugar sin hacer el llamado, pues podía ver la apatía en la cara de la audiencia y me sentía más cómodo dejando las cosas como estaban a quedar en el oprobio de no ver manos levantadas. Mejor aún, sacrifiquemos a otro santo, dejemos que corra el riesgo y haga el llamado por amor a los perdidos. Cuando comprendí que este no era mi problema, sino el de Cristo, me sentí descansado. ¿Acaso se debilitó el poder de su gracia? ¿Habrá menguado el amor de Dios por los perdidos? No he sido llamado a convencer, sino a comunicar, mientras yo esté haciendo mi parte puedo estar confiado en que Él hará la suya.

Si yo no puedo hacer nada para convencer al hombre de sus pecados puedo tener la esperanza de que Dios lo hará. La esperanza de que en cada mensaje puede suceder un milagro de gracia me impulsa a hacerlo nuevamente. Muchos hermanos celebran cuando se levanta un cojo, yo me emociono cuando un hombre es levantado de sus pecados, cuando Cristo con amor lo toma de la mano. Para mí no hay un acto más sobrenatural que un pecador arrepentido. Yo no puedo lograr eso, no tengo los recursos para hacerlo. Si alguien fue tocado, Dios estuvo aquí.