Sin pretender ser catedrático o enciclopédico procedo a hacer algunas observaciones prácticas sobre el correcto uso del tratado evangelístico. Esto no busca ser una guía de uso, más bien debe ser tomado como recomendaciones generales fruto de la experiencia adquirida durante años en el arte de dar y recibir tratados.
Soy cristiano y doy tratados, pero también los recibo. Durante años rechacé los tratados evangelísticos que intentaban entregarme en la calle, pues el sentido común me decía que yo ya estaba en el barco, y no había necesidad de abusar, comiéndome nuevamente la carnada. Esto cambió el día en que una hermana me pasó uno en un carro público y al presentar mi negación procedió a utilizar el plan B, un recital de 15 minutos de atemorizante y selecta literatura apocalíptica, desde la avenida Duarte hasta la Máximo Gómez. A partir ese momento decidí que era mejor recibir que rechazar, dar mi brazo a torcer.
Por un tiempo fui coleccionista de tratados evangelísticos, llegué a tener más de 100 unidades diferentes, de todos los temas y en todos los colores. Era divertido colocarlos uno debajo del otro en una mesa, mucha variedad y creatividad al servicio de la causa. Lamentablemente, de los que más me gustaban tenía un solo, que me perdonen los perdidos pero no estaba muy dispuesto a perder tan valioso ejemplar.
Dejando a un lado los temas menores, procedo a explicar las cosas importantes. Aunque parto de un contexto dominicano las siguientes recomendaciones podrían ser útiles en otros países o por lo menos en un ambiente latinoamericano:
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.