El tratado evangelístico
Rafael Pérez
26 September 2005 : 12:59 am
2,170 Lecturas
Sin pretender ser catedrático o enciclopédico procedo a hacer algunas observaciones prácticas sobre el correcto uso del tratado evangelístico. Esto no busca ser una guía de uso, más bien debe ser tomado como recomendaciones generales fruto de la experiencia adquirida durante años en el arte de dar y recibir tratados.
Soy cristiano y doy tratados, pero también los recibo. Durante años rechacé los tratados evangelísticos que intentaban entregarme en la calle, pues el sentido común me decía que yo ya estaba en el barco, y no había necesidad de abusar, comiéndome nuevamente la carnada. Esto cambió el día en que una hermana me pasó uno en un carro público y al presentar mi negación procedió a utilizar el plan B, un recital de 15 minutos de atemorizante y selecta literatura apocalíptica, desde la avenida Duarte hasta la Máximo Gómez. A partir ese momento decidí que era mejor recibir que rechazar, dar mi brazo a torcer.
Por un tiempo fui coleccionista de tratados evangelísticos, llegué a tener más de 100 unidades diferentes, de todos los temas y en todos los colores. Era divertido colocarlos uno debajo del otro en una mesa, mucha variedad y creatividad al servicio de la causa. Lamentablemente, de los que más me gustaban tenía un solo, que me perdonen los perdidos pero no estaba muy dispuesto a perder tan valioso ejemplar.
Dejando a un lado los temas menores, procedo a explicar las cosas importantes. Aunque parto de un contexto dominicano las siguientes recomendaciones podrían ser útiles en otros países o por lo menos en un ambiente latinoamericano:
- El dominicano no es dado a la lectura, nunca leerá un tratado a menos que tenga dibujitos. Hay que ser ingenuo para pensar que por estos lados un compilado de versículos bíblicos servirá para llamar la atención de un no creyente. Por aquí se lee poco, cuando un dominicano abre el periódico solo busca tres partes: La caricatura de Diógenes y Boquechivo, los clasificados y el deporte. Utilizando este mismo argumento se podría de plano hasta justificar la no utilización del tratado, pero es por todos conocido el cariño que le tenemos, hay tres cosas que nunca desaparecerán de la cultura evangélica latinoamericana: La Biblia, el hinnario de gloria y los tratados evangelísticos. Una Biblia sin tratados es como las papas sin catchup.
- Hay que ser cuidadoso seleccionando el tema. Dar un tratado sin haberlo leído puede ser una gran ofensa para el lector. Tradicionalmente los tratados se han manejado como herramientas genéricas, pero cada tratado está diseñado para alcanzar un público específico. Hay uno que por un tiempo pensé que era el único que estaban imprimiendo, pues todo el mundo lo usaba. El titulo era el siguiente: Atrapado en tu propio pulpo. Estaba destinado a fármaco-dependientes, pero no nos ruborizábamos al ponerlo en cualquier mano, desde niños hasta envejecientes. Seamos cuidadosos, leamos primero y entreguemos después.
- Motivemos el tratado. Pocas cosas me molestan más que ver un hermano entregar un tratado con la cara larga, como diciendo: Agárrate de ahí y mátate tú mismo. No se puede dar tratados como para salir de la persona, son una herramienta útil pero no un fin en si mismos. Si algo no debe faltar en un recurso evangelístico es el amor. Nos puede faltar calidad, nos puede hasta faltar doctrina, pero que no nos falte el amor. Hay muchas maneras de entregar tratados y amor al mismo tiempo. Una sonrisa, una introducción al tema o simplemente una corta conversación casual pueden marcar la diferencia.