Nunca aprendí a bailar, aunque de niño lo intenté varias veces, todo con tal de comer bizcocho. Los cumpleaños infantiles siempre son actividades muy animadas, los adultos tienen su estrategia para que la fiesta sea todo un éxito. No se trata solo de tener un buen payaso o buena música infantil, para que el asunto se de cómo debe ser los niños tienen que bailar. Aquí entra la conocida amenaza: ¡El que no baila no come bizcocho!
En las iglesias pasa algo muy parecido, la única diferencia es que los miembros se comen el pastel sin verse en la necesidad de sudar, sus líderes siempre bailan por usted. Nuestras iglesias se acostumbraron a organizar reuniones profesionales, los expertos del culto cristiano bailan para una multitud entretenida que lo único que hace es decir amén y seguir la corriente. Siempre que imagino una reunión de la iglesia en el siglo primero veo todos sus miembros poniendo su granito de arena, participando, ensuciándose el uniforme por medio de un testimonio, una oración o simplemente compartiendo un lindo recuerdo del maestro.
Nosotros tenemos hermanos especialistas en oración, dirección de reuniones, cantantes de buenas voces y toda una estructura amarrada que asegura que el evento concluya sin contratiempos. ¡Hasta tenemos el hermano experto en solicitudes de ofrendas! Sería bueno sacrificar un poco de profesionalidad para ganar participación. Es preferible una reunión informal y participativa de gente centrada en adorar, que una multitud pasiva siendo dirigida por un profesional del entretenimiento cristiano.
Nuestra pasividad hace que nos convirtamos en catadores profesionales y críticos de cultos. ¿Cómo estuvo el servicio? Yo creo que la adoración estuvo un poco floja, como que al mensaje le faltó profundidad y el predicador se movió mucho. Es muy fácil criticar cuando no se es parte del problema. Si el culto no estuvo bueno el problema es del pastor superestrella que no preparó un programa edificante, interesante y entretenido para la congregación.
Debemos hacer de las reuniones de iglesia una fiesta participativa, celebrando a Dios en medio nuestro. Los cumpleaños son actividades informales y alegres, nuestras reuniones de iglesia protocolares y estresantes. Los cumpleaños donde me he sentido menos a gusto son aquellos formales, donde la gente está más preocupada por mostrar un vestido de gala que en pasar un buen momento con el festejado. Volvamos a dar vida a la iglesia, ella muere cuando sus miembros se sientan.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.