Dios tiene formas diversas y originales de hablarle a sus hijos, a Moisés desde una nube, a Elías por el viento, a Pedro por un lienzo y a este pobre mortal por medio de las servilletas.
Tengo la costumbre de tomar notas en cuanto papel me caiga en las manos, pero las servilletas son mis preferidas. Su color y textura como que me motivan a rayarlas, no es lo mismo escribir en frívolas hojas que apuntar cosas en ellas. Así tengo montones de ideas cumuladas, desde asuntos personales hasta números telefónicos. Aunque siempre he creído que no debo anotar aquellas cosas que no deseo compartir, pues el papel no es buen amigo, habla solo y nunca pide mi autorización para comunicar confidencias, la mayoría de mis servilletas vuelan dentro de escritorios, gavetas y libros sin ningún tipo de cuidado.
Mis servilletas no son elegantes, son simples y prácticas, de esas que se consiguen en cualquier establecimiento de comida rápida. Están dobladas, algunas conservan la forma del vaso que reposó encima de ellas o los restos de una bebida derramada. Su valor no depende de su forma, sino del contenido. Son para mí como un libro de viajes, apuntes de guerra o el querido diario de una quinceañera.
He intentado guardar mis notas en otros medios, una agenda organizada, un cuaderno de apuntes o hasta electrónicos como la Palm o notas de voz. Se resisten a ser desplazadas, nada es más práctico, cómodo ni fácil de utilizar que una servilleta. Tengo una bolsa llena de ellas, cuando estoy falto de inspiración entro ahí la mano y recibo bendiciones, ideas, recuerdos o palabras de aliento.
En el bolsillo de una camisa encontré hoy una servilleta y era justo lo que necesitaba para iniciar del día. Al parecer eran apuntes para un mensaje de fin de año. Estos eran los puntos:
En el otro lado decía lo siguiente:
Hay personas que solo yo podré alcanzar, un ministerio que solo yo podré cumplir y momentos en el reloj de Dios que solo yo podré ocupar.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.