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El progreso nos separa

Rafael Pérez 27 July 2005 : 9:03 am 905 Lecturas

CasasEl mayor choque que recibí en mi mudanza hacia la capital fue la vida sedentaria. Hay algo que nunca olvidaré de Azua, el pueblo donde crecí: esas luces parpadeantes de televisores encendidos que me bañaban de colores cuando bajaba la Miguel Ángel Garrido, saliendo del parque rumbo a mi casa. Desde la calle, bordeando las aceras, de casa en casa podía ver familias sentadas en la sala, frente al mágico aparato. No creo que la privacidad que hoy tanto defendemos fuera la preocupación del barrio, en el pueblo abajo casi todas las casas eran iguales, tanto en forma como en contenido. Si en la puerta, saludando al vecino, extendías la vista un poco, tus ojos podían llegar hasta la cocina. Eran casas sencillas, de sala cocina y cuartos, pero a la vez repletas de gente.

La convivencia social no era el fruto de un esfuerzo, al contrario, era la forma de vida de la gente. Los hombres trabajaban en la mañana, tomaban café por las tardes y se sentaban al televisor por las noches, esperando que un amigo visite o un conocido se detenga a saludar. Las mujeres velaban por el buen andar el hogar, pasaban trastes de casa en casa sobre empalizadas de alambres y disponían de los niños para los mandados y tareas domesticas. Estos últimos, contrario a las costumbres actuales, no iban a salas de tareas, sus vidas giraban en torno al juego compartido: el atrúcalo, el topao, arroz con leche o flor y convento. Mis amigos vivían a dos patios del mío, para vernos, bastaba con algunas pedradas sobre el techo de sus casas.

Recuerdos como estos son los que tengo de mi primera iglesia. Se puede entender lo que es la vida de una iglesia si se conoce la vida de su gente. Al día de hoy, con nuestras agendas apretadas, es mucho más fácil ser conocedores de Dios que su familia. Durante mucho tiempo creí que el fuerte compañerismo que se manifestaba en la primera iglesia podía ser recuperado cambiando solo nuestra manera de pensar, hoy me doy cuenta de que es necesario cambiar nuestra manera de vivir. Aunque es cierto que nuestras largas jornadas de trabajo nos dejan menos tiempo que antes para participar de la iglesia, también lo es que la carrera de la vida moderna nos hace involucrarnos en tantas cosas como sean posibles para alcanzar el anhelado progreso.

Uno de los más grandes beneficios que ha traído el movimiento de las iglesias en las casas y se muestra en mayor o menos grado en grupos pequeños o de célula es que no hacen distinción entre la vida de la iglesia u otro tipo de vida. A diferencia de nuestros hermanos del siglo primero, nosotros, en el siglo veintiuno, nos fragmentamos en dos partes, la cristiana y la secular. Una cosa es ir al trabajo a ganarnos la vida, otra salir al cine a compartir con los amigos y otra muy diferente ir a la iglesia para estar con Dios. Para Pedro, no había ninguna diferencia entre estar con el Maestro en una barca, en una mesa o en la sinagoga. Los primeros cristianos no entendían otra vida que no sea la de la iglesia.

Creo que nunca llegamos a disfrutar la vida cristiana hasta que no participamos de la vida de la iglesia, para lograrlo es necesario algo más que reunirnos los domingos. Hablando el viernes con unos amigos en la reunión de La Red, llegamos al tema de lo que sería la iglesia ideal. Me imaginaba los creyentes viendo televisión en la sala de sus casas, jugando juntos, comiendo, contando experiencias y adorando a Dios con algo más que un ejercicio aprendido. El día cuando podamos reunirnos con vestimentas informales a leer la Biblia sentados en el piso, tomando la Santa Cena con amor y sentido cristiano, sin tantos formalismos de esos que matan la devoción aumentando la religión.

En el pueblo, veía las familias juntas y felices compartiendo un pan y un programa de televisión. Ponles duros bancos, liturgia, ceremonias y vestidos largos y tendrás una familia elegante pero a la vez muy poco expresiva. Es bien difícil dar amor cuando te aprieta la corbata. A fin de cuentas, la iglesia no es un lugar para asistir, sino, para pertenecer. Si de verdad la expresión de la iglesia que tenemos hoy es lo que Dios espera de sus hijos, nuestro padre puede contar con la familia más aburrida del mundo.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com

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