No soy un experto en propiedad intelectual, aunque tengo en agenda hacer algo al respecto, pues como van las cosas de aquí a poco va a ser bien difícil crear cultura sin contar con un ejército de abogados. Ya me estoy imaginando a los maestros de escuela dominical llamando al asesor legal de la iglesia para consultarle sobre la legalidad de incluir en la enseñanza unos párrafos de un comentario bíblico o x cantidad de versiculos de la traducción de la Santa Biblia Nueva Versión Internacional.
El copyright da al autor sobre su obra algunos derechos exclusivos por un tiempo limitado. Copio y pego algunos directamente desde la Wikipedia:
Tal como argumenta Lawrence Lessig en su libro Cultura Libre, la duración de estos derechos se está haciendo cada vez más larga, año tras año cuando están próximos a vencerse las industrias buscan la manera de modificar la ley. Aparte de extenderse en su duración, se vuelven cada día más variados y abrasivos, cubriendo casi cualquier uso imaginable. Proyectos como Creative Commons tratan de buscar alternativas promoviendo licencias más flexibles que el todopoderoso copyright.
Dije que la ley da al autor estos derechos, pero es importante notar que hacer uso de ellos, es algo que yo como autor determino, pues soy libre de hacer con mi propiedad lo que bien me parezca. Por ejemplo, mi casa es mía y me reservo el derecho de dejar entrar en ella a quien yo quiera. Ahora, como no vivo de controlar el acceso a mi casa no cobro un peso por dejar a mis hermanos celebrar una célula o estudio bíblico en ella. Podría hacerlo, pero para ayudar la causa de Cristo no lo hago. Quizás, ahora que la iglesia está volviendo a las casas y las células se están haciendo populares, en un futuro a algún hermano se le ocurra la idea de cobrar por cabeza, aunque sea una mínima cantidad de dinero por prestar su sala. Inicialmente sería muy mal visto, pues si es parte de la iglesia por lo menos con un granito de arena debe aportar a ella, pero es muy sabida la manera en que nos acomodamos a las cosas, mucho más cuando hay dinero de por medio.
Dentro de algunos años, cuando estemos acostumbrados a cobrar por dejar entrar, cada quien meterá su mano en el bolsillo para sacar su billete de lo más natural, pues este estimado siervo que tan amablemente presta su casa dejó su empleo para cuidar el lugar de reunión. Es un buen padre de familia y de algún modo tiene que conseguir dinero para mantener sus hijos, acomodar más muebles, poner aire central y comprar el juguito de limón que brida al finalizar la reunión.
Cada vez que menciono que para cumplir la Gran Comisión sería muy conveniente que los escritores, compositores o músicos liberen algunos derechos, algo tan básico como permitir la copia o reproducción publica de los mismos aunque sigan vendiendo CDs o Biblias encuadernadas en piel y papel satinado para el que pueda comprarlas, aparece el argumento de que “Digno es el obrero de su salario” y “de algún modo tienen que comer”. Lo que más me sorprende es que en el siglo primero muy pocos creyentes (creo que ninguno) vivían de escribir o publicar. No he escuchado hablar de un solo que halla muerto de hambre, aunque sí crucificado, descuartizado o quemado en aceite por difundir el evangelio. Lucas no escribió dos libros para llevar pan a la mesa, mucho menos Pablo quien hasta tejió casas de campaña cuando necesitó dinero y así no cargó con su ministerio a los hermanos. Pudo decir a boca llena: Estas manos me han servido.
El problema no es vender o no vender, sino, pensar en la causa, no en los bolsillos. Dejar de llamar piratas o ladrones a aquellos que son bendecidos con parte de nuestros derechos sin pasar por caja. No es verdad que la comida va a faltar en la mesa de los músicos por el hecho de entregar una porción de los derechos que le otorgan las leyes. Algunos autores cristianos se abrazan tan fuerte de las leyes y defienden tan agresivamente estos derechos que pareciera que de eso depende su sustento, por no decir la salvación. Si el autor está muerto en Cristo, sus derechos, por lo menos en parte, también lo están.