Que me perdonen los hermanos más conservadores, pero siempre he pensando que aparte de su utilidad para la enseñanza, los juegos de mesa son una excelente manera de fomentar el compañerismo, especialmente durante reuniones de células o grupos pequeños. A mí entender, hay dos cosas que unen la gente más que nada: Los juegos y las comidas. Los mejores amigos, esos que han permanecido juntos desde la niñez hasta hacerse ancianos, comenzaron jugando.
Es común entre las nuevas generaciones de creyentes tratar de espiritualizar todas las partes de la vida de la iglesia, pero es la voluntad de Dios que funcionemos como familia, y para lograrlo, necesitamos algo más que ir al templo. Nuestra espiritualidad nos hace mantener relaciones frías y formales convirtiendo la vida de la iglesia en un asunto de “nos vemos el domingo”. Lo más importante que puede hacer la comunidad de creyentes cuando se reúne es estudiar la Palabra, pero estudiar por estudiar tiene poco sentido, es necesario ponerla en practica, ahí es donde entran los juegos. Podemos adorar a Dios también con nuestra koinonía, no hay emoción más grande para un padre que ver sus hijos jugando juntos y disfrutarlo.
Encontré un artículo sobre juego Monopolio donde se explica que hay evidencias de que mucho antes de que es juego fuera patentado por Charles B. Darrow en 1904 para luego venderlo a la Parker Brothers, mucha gente venía jugándolo. Sorprendentemente entre los primeros jugadores estuvo la comunidad de los hermanos quakeros. Con razón su compañerismo es tan reconocido, pues como iglesia no solo oraban cantaban y leían la Biblia juntos, también sabían funcionar como familia.
El próximo viernes tenemos Red, y pienso aparecerme en la casa donde nos reuniremos con mi Biblia debajo de un brazo y un parché debajo del otro. Regularmente comemos después de la reunión, pero debemos ir aprendiendo a hacer otras cosas, jugar sería un buen comienzo.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.