Tengo la costumbre de archivar, si se puede llamar así a la acción de meter dentro de estantes, cajas, folders o bolsos cualquier trozo de papel, recorte u objeto de mínimo valor personal que cae en mis manos. Quizás por mi mala memoria siento temor de no guardar en físico esas pequeñas cosas que me han sido útiles en algún momento aunque no este seguro de que pueda beneficiarme de ellas en el futuro. Cada semana lleno una funda con ideas plasmadas en trozos de servilletas, bordes de periódico rayado y hasta vasos de corcho. Buena parte de ellas muere mucho antes de haber nacido, pero aún así no puedo resistirme a la tentación de archivarlas.
Lo mismo me pasa con los libros. Tengo la mala costumbre de leerlos por pedazos y temporadas, de acuerdo a mis intereses en el momento. Admiro esas personas que tienen el temple y la constancia para mantener sus ojos un mes completo sobre un solo libro, me canso solo de pensarlo. Mis incompletos se van acumulando dentro del carro y ceden su lugar a otros que a la vez son desplazados por otros y así mismo otros por otros.
Menciono mi montaña de información no procesada porque ayer en la noche después de repetir algunas partes de Bajo el Sol de Toscana quise encontrar una aguja en el pajar. Escarbando en el montón de cosas guardadas me dieron ganas de echarle una mirada mayor y de alguna forma inventariar lo que tenía para ver como le hago frente.
Inicié como a las doce de la noche y las sorpresas fueron grandes. Haciendo una clasificación corta pude recrear nueve años de mi vida en cuadernos, papeles, objetos y revistas. Desde 1998 hasta el 2005. Un resumen de lo encontrado:
Es increíble como pasa el tiempo, pensar que el 2000 fue ayer y ahí van casi 3,000 de mis cortos días.
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.