Un nuevo paradigma en el campo de educación es que los alumnos aprenden a su propio ritmo. No quiero modificar la idea, pero creo que se pueden ampliar un poco sin perder la esencia: La gente aprende mejor lo que quiera aprender, en cada momento.
Siempre he tenido aversión por los sistemas de formación tradicionales, pues llego más tarde o más temprano que el sistema a las cosas que de verdad me interesan. Recuerdo lo difícil y aburrido que se me hizo en la escuela aprobar algunas materias, hubiera pagado lo que no tenía para evitar leer esas tediosas novelas o los tomos de historia del país. Quizás fui alumno afortunado al tener siempre acceso a los libros, comprados por mis padres para reposar semanas en el fondo de una mochila, solo abiertos con el objetivo de aprobar exámenes o preparar tareas. Todo esto, para años después terminar comprando de mi bolsillo los mismos libros, con mucho gusto y buena gana.
Es cierto, de cuando en vez aparece un buen maestro que con habilidad genial logra enamorar a uno del asunto, pero los de este tipo son escasos, no recuerdo más de dos que me hayan permitido vivir tan extraordinaria experiencia. Para mí, la escuela siempre fue un campo de batalla, el libro mi enemigo y las asignaturas asuntos por resolver. Con cuanto esfuerzo enfrenté al Quijote, todo un desperdicio de energías tomando en cuenta que años después nos encontraríamos nuevamente, no con la versión resumida para estudiantes, sino, con el libro completo, para no desperdiciar. Si tan solo la profesora de español hubiera sacado tiempo para enganchar un poco a los alumnos con la historia te dan valeroso caballero hubiera bastado para darle algo de ánimo a esas aburridas clases de literatura.
Aunque es cierto que aprendemos mucho más fácil las cosas que queremos aprender en cada momento, es posible motivar al alumno para facilitar el aprendizaje. Hay dos principios que he aprendido de la experiencia y utilizo frecuentemente cuando enseño o predico en una iglesia:
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En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.