Uno de los temas que más me ha interesado en estos días es el postmodernismo y la manera en que expresaremos nuestra fe para alcanzar la generación del cambio. Los cambios a nivel de cosmovisión no son muy frecuentes, dicen que solo han habido tres. Justamente ahora estamos presenciado uno con todas sus implicaciones, estamos pasando de la cosmovisión moderna a la cosmovisión postmoderna.
El cristianismo ha sido exitoso expresándose en diferentes cosmovisiones, ahora estamos aprendiendo a expresarnos en un contexto diferente. Nuestro ejemplo al llevar el evangelio a postmodernos debe ser Pablo cuando dijo que:
Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles.
Ganar las nuevas generaciones conlleva sacrificios personales. Si predicamos tener la verdad, esta no puede ser alterada para adaptarnos a gustos generacionales, pero nuestras preferencias personales si tienen que ser revisadas para no ser piedra de tropiezo en la proclamación del evangelio. Los modernistas y posmodernistas son poco compatibles en el terreno de sus ideas, no en vano se dice que la generación post-moderna es la generación del desencanto. Este desencanto es el fruto de promesas modernas incumplidas y un siglo amargo que dejó como legado guerra y desilusión.
El modernismo fracasó en su intento de explicar nuestro mundo utilizando la ciencia como único medio para llegar a la verdad, esto provocó que hoy el mundo este volcado a la espiritualidad y deseoso de encontrar “Verdades locales” funcionales. Creo que estamos en tiempo de transición, no hay un mejor momento que este para acercarse con la verdad del evangelio, única, inalterable y funcional.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.