Estuve leyendo una traducción del capitulo 10 del libro Where Do We Go From Here? Titulada: El EspÃritu Santo en los Grupos Celulares. Me gustó tanto esta parte que me tomé la libertad de publicarla en este lugar:
El uso personal de los dones espirituales en las células es la puerta del creyente hacia el mundo espiritual. En ese medio hay guerra espiritual. En ese mundo, los dones espirituales sirven como la entrada para que el creyente descubra como Dios sana, libera, y produce crecimiento espiritual en los creyentes.
No hay un mejor lugar para desarrollar los dones espirituales que los grupos celulares. Todas las condiciones necesarias están presentes para que los dones sean recibidos y usados para la edificación. Las necesidades presentes en las vidas de los creyentes y el tamaño pequeño del grupo hacen posible que todos los presentes utilicen sus dones para edificarse unos a otros en el EspÃritu. La modelación del uso apropiado de los dones puede proteger a los nuevos creyentes de excesos absurdos.
Los miembros deben ser enseñados a apreciar, desear, utilizar y recibir los beneficios de los dones espirituales. A través de su uso, ellos pueden aprender la manera de llegar a ser canales del poder de Dios. Esto hace que la actividad del EspÃritu Santo sea muy personal para los miembros de la célula. Los miembros deben experimentar tanto el poder de los dones fluyendo a través de ellos para edificar a otros, como la edificación personal recibida de otros que los utilizan.
Existe un peligro grave cuando una célula está desconectada de la obra del EspÃritu Santo y del uso de los dones espirituales. No tiene otra alternativa que convertirse en un club social religioso, que pronto se osifica y dirige su actividad a otras tareas. Como resultado, no ocurre ninguna edificación en la célula.
Cuando una iglesia de Auckland me pidió que los ayudara a prepararse para la vida de los grupos celulares, yo habÃa sido enseñado recientemente por el EspÃritu las verdades acerca de la edificación de unos a los otros. El pastor me llevó a trabajar con un grupo pequeño de estudio bÃblico que habÃa estado reuniéndose durante varios años. Fuimos invitados por la anfitriona a llegar temprano y compartir la cena con su familia. Con mucha pena ella pidió disculpas por la ausencia de su marido. Ella explicó que él tenÃa una compañÃa de construcción y que a menudo llegaba tarde.
Cuando el grupo llegó, yo pasé varios minutos enseñándoles acerca de la importancia de aprender a edificarse unos a otros usando los dones espirituales. Como ellos habÃan estado juntos por un tiempo muy largo como un grupo de estudio bÃblico, yo supuse que se conocÃan unos a otros Ãntimamente. Con ese conocimiento ellos iban a pedirle al EspÃritu Santo que los guiara hacia un ministerio de edificación. Yo les pedà que buscaran un lugar para que estuvieran a solas y oraran, para prepararse a sà mismos para edificar a otros en el grupo.
Cuando regresamos a nuestro cÃrculo el sol se estaba poniendo y el esposo ausente llegó. Después de un breve saludo al grupo fue a bañarse y a cambiarse de ropa. Después de unos quince minutos se unió a nosotros.
Mientras tanto yo sugerà que dejáramos que el EspÃritu nos guiara en nuestra sesión de edificación. ¡Nadie habló ni una palabra! Para iniciar el ejercicio me dirigà al hombre a mi izquierda, un lÃder de la iglesia y un cristiano fuerte, y le dije: “¿Le gustarÃa ser el primero en compartir?” ¡El estaba petrificado! El dijo: “Yo nunca he oÃdo o visto a nadie hacer esto, y me gustarÃa que alguien más empezara”.
Una señora nos leyó el “versÃculo de su vida” de las Escrituras. Otro leyó un pasaje breve de los Salmos. Por supuesto, cualquier escritura que uno lea va a edificar, pero no parecÃa satisfacer ninguna necesidad especial en las vidas de aquellos en el cÃrculo.
Con un corazón compungido me pareció que la reunión iba a ser un fracaso. Me reprendà a mà mismo por haber creÃdo que sus múltiples reuniones empleadas intelectualizando la Escritura habÃan causado que se conocieran unos a otros en un nivel espiritual. Ese fue mi error: antes de que alguien pueda edificar a otro, debe existir un conocimiento de las necesidades espirituales. Ellos ni sabÃan como edificarse, ni que necesidades estaban presentes.
Yo le pasé la dirección de la reunión al pastor sugiriéndole que tuviéramos un tiempo de oración antes de retirarnos. El preguntó: “¿Alguien tiene un problema especial por el cual quiere que oremos?” La anfitriona dijo: “Yo tengo uno. Yo he tenido una alergia sobre todo mi cuerpo durante varios meses. Tengo ampollas de fiebre en mis labios. Pueden ver la alergia sobre mis brazos y sobre mi cuello. Todo mi cuerpo está igual. He visto varios dermatólogos que me han dado cremas y pastillas, pero nada parece ayudarme. Me gustarÃa que oraran por mÃ.”
Ella movió su silla hacia el centro de la sala. Todos nos reunimos alrededor de ella. ¿Qué ocurrirÃa ahora? ¿OrarÃamos educadamente por su sanidad y pasarÃamos a la siguiente petición de oración?
Entonces se manifestó el EspÃritu. Fue dada una palabra de conocimiento. Con una voz suave el pastor dijo: “Siento en mi corazón que el Señor me está diciendo que su problema es el resultado de un enojo muy grande. Tal vez sea algo que quiera compartir con nosotros…â€?
Ella se quedó callada por unos momentos, y empezó a llorar suavemente.
“SÃ, eso podrÃa ser. ¡Yo estoy muy enojada con mi marido! El nos promete que vendrá a cenar, pero noche tras noche cenamos solos. Yo pongo su comida en el refrigerador, y usualmente ya estoy dormida antes de que él llegue a casa a cenar. El ha roto las promesas que me ha hecho, una y otra vez, y yo me siento como si fuera una viuda educando a mis hijos.”
Hubo una conciencia de que una palabra especial habÃa venido del Señor a través de uno de los miembros, que habÃa hecho que saliera a la superficie un problema que varios años de reuniones del grupo pequeño de estudio bÃblico nunca habÃan revelado. ¿Quién podrÃa hablar con el esposo que tenÃa la cara roja de vergüenza?
Uno de los hombres se aclaró su garganta y habló al esposo: “Sabes, yo casi perdà a mi familia haciendo lo mismo que tú estas haciendo ahora. De hecho, mi esposa habÃa empacado sus cosas para irse. Yo sentÃa que era el mejor esposo y padre posible porque trabajaba dÃa y noche para darles las cosas que necesitaban. El EspÃritu Santo tuvo que tratar severamente conmigo. Yo llegué a darme cuenta que aquella cosa por la cual estaba trabajando tanto estaba a punto a desvanecerse como humo. Si asà fuera, ¿de qué servirÃa mi trabajo pasado y futuro? Fue entonces que los escritos de Pablo a Timoteo y a Tito empezaron a mostrarme que yo nunca serÃa un hombre de Dios hasta que manejara bien mi casa. Yo tuve una de las más profundas experiencias espirituales de mi vida. Nuestro matrimonio y nuestro hogar han cambiado radicalmente desde el dÃa que puse a mi familia antes que mi estilo de vida adicto al trabajo.”
Varios miembros más compartieron. Se citaron las Escrituras. Algunos dieron palabras especiales usando el don de la palabra de sabidurÃa. El EspÃritu de Dios habÃa tomado el control de la reunión y la edificación espiritual de unos a otros habÃa empezado a llevarse a cabo.
El esposo cayó de rodillas y lloró con su cara metida en el regazo de su esposa. El hizo primero una oración personal de confesión y arrepentimiento. El grupo oró también con él apoyando su oración. El hombre que habÃa compartido su propia experiencia personal puso sus manos sobre su amigo y oró por él.
Entonces nuestro tiempo de oración se movió hacia su querida esposa. ParecÃa que todos estábamos orando al mismo tiempo, nadie deseaba esperar su turno para orar. Todos perdimos el sentido del tiempo. El Señor habÃa llenado Su Cuerpo, y la puerta hacia el mundo espiritual habÃa sido cruzada por todos los miembros del grupo.
Este no es el final de la historia. El domingo siguiente en la mañana, yo estaba sentado en la banca del frente del auditorio de la iglesia, repasando las notas de mi predicación. A través de un gran vitral pude ver a este grupo platicando en el estacionamiento. Unos pocos minutos después me rodearon formando un cÃrculo. La anfitriona de nuestro grupo se levantó las mangas de su vestido y dijo, “¡Mira Rafael! ¡Nada de alergia! ¡Nada de alergia en ninguna parte de mi cuerpo!” Entonces con un amor profundo en sus ojos dijo, “Mi esposo quiere decirte algo” El dijo, “Rafael, he reducido mi dÃa de trabajo a ocho horas. Ayer llevé a mis hijos al zoológico. Tenemos un nuevo hogar. Dios realizó un trabajo profundo en mi corazón en la reunión de nuestro grupo pequeño.”
Yo quiero que usted se imagine el cambio radical que se llevó a cabo en las vidas de aquellos miembros de ese grupo de ese dÃa en adelante. Una vez que un grupo celular ha entrado en el mundo espiritual no puede volver a ser el mismo.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatrÃa se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo serÃa imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podÃan llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.