¿Quiénes eran estos cristianos primitivos de los que tanto hablamos los “cristianos” del siglo XXI y de los que ignoramos casi todo?, ¿Cómo pensaban y cuál era su carácter, su forma de vivir la fe?, ¿Qué tipo de persona se dejaría despedazar por las fieras, o quemar viva, o cornear por un toro hasta la muerte, únicamente por no verter una pizca de incienso en un altar público, haciendo votos por la “salud del divino emperador”? Esta pagina Web trata de dar respuesta a estas y otras preguntas, tratando de obtener una enseñanza o moraleja para aquellos que en los umbrales del tercer milenio queremos seguir a Jesús, o nos llamamos cristianos.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.
Los Salmos son expresiones emocionales que emanan de las convicciones de hombres muy profundos y a la vez sensibles como el rey David. Hombres que podían llorar ante la desesperación y al mismo tiempo encontrar consuelo en las firmes promesas de Dios.