Después de trabajar casi dos años en un ministerio juvenil comprendo a que se refiere el hermano Eliézer González cuando habla sobre el desaliento en la revista apuntes pastorales. He visto muchos lideres y pastores desmotivados y otros tantos desalentados abandonan el ministerio. En el artículo se cita un estudio con lo siguientes datos sobre el trabajo de los pastores:
80% cree que el trabajo pastoral ha afectado negativamente a sus familias, que 33% cree que estar en el ministerio ha sido un verdadero inconveniente para la familia, que 75% reporta haber tenido en su vida ministerial por lo menos una gran crisis causante de un problema emocional, que 90% siente que fueron mal preparados para resistir las demandas del ministerio, que 70% dice tener más baja auto-estima que cuando comenzaron, que 40% reportó tener por lo menos un serio conflicto con un miembro de su congregación una vez al mes, que 37% confesó haber sido parte de una conducta sexualmente inapropiada con alguien en la iglesia, y que 70% dice no tener alguien a quien considera amigo cercano.
Hace un tiempo escribí una reflexión sobre la desmotivación que viene desde otras personas, pero me gustó este artículo porque habla de la que se origina en nosotros mismos.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.